¡Inmunidad parlamentaria no es un privilegio!

El mundo sin Maquiavelo

El juicio de El Príncipe

Publicado: 2019-04-18


Desde abril de 1933 –cuando fue asesinado Luis Sánchez Cerro– el Perú no había visto la desaparición violenta de una persona que hubiera ocupado la presidencia. Alan García nació 16 años después de este hecho. Fue un hijo y actor del siglo XX, el principal político profesional del país entre 1982 y 2011. Heredero en la dirección del partido que fundó Haya de la Torre, decidió suicidarse -también en abril- a casi 40 años de la muerte de su mentor, a fin de evitar una detención ligada a graves crímenes de corrupción. ¿Qué legado deja el expresidente? Estando pendiente culminar un proceso de investigación sobre los actos de corrupción en su gobierno, el cual no debe detenerse ante estas trágicas circunstancias, intentaré seguir a Maquiavelo cuando afirmó en “El Príncipe” que “…en las acciones de todos los hombres, y máxime en las de los príncipes -cuando no hay tribunal al que reclamar- se juzga por los resultados...” ¿Qué resultados logró? ¿Estos fueron, como hubiera esperado el genial florentino, valiosos para la salud de la República?

El siglo XX peruano vio, desde mi punto de vista, cuatro momentos críticos de cambio social impulsados desde el poder. El primero fue el intento de Leguía de modernizar el país aprovechando la fuerza ascendente de la economía norteamericana, proyecto que fue incapaz de transformar la estructura de exclusión social y política existente. El segundo fue la liquidación de dicha estructura por el gobierno militar de Velasco, prometiendo la integración social a través de la participación económica y una narrativa nacionalista, proyecto que, sin embargo, fue incapaz de democratizar el proceso de cambio ni de cambiar las condiciones del bienestar económico. El tercero fue la democratización universal y liberal de los 80, proyecto que fracasó al momento de ofrecer seguridad ante la violencia terrorista, y que no brindó una vía de prosperidad económica. El cuarto fue el proyecto neoliberal de crecimiento y orden, que fue incapaz de ofrecer un Estado de derecho (y de derechos) eficaz a una sociedad de migrantes y diversa, étnica, cultural y territorialmente. Esta última, más allá del retorno de las reglas democráticas liberales –que no es poca cosa–, es la agenda pendiente del siglo XXI, respecto a la cual ningún gobierno, partido o político, ha podido articular un proyecto consistente para enfrentarla.

García tuvo un papel directo en dos de estos momentos. Tuvo la oportunidad de enderezar la incompetencia del segundo belaundismo, y transformar la enorme confianza que los electores peruanos depositaron en él en un futuro diferente de prosperidad económica y seguridad, en democracia. Su fracaso no pudo ser mayor. García había heredado el liderazgo –y el peso de la historia– del partido que, prometiendo poner fin a la estructura oligárquica, terminó –por razones ajenas y propias– siendo funcional a ella. Pero logró lo que Haya nunca pudo, gobernar. Desde un giro hacia la izquierda Alan García fue el principal responsable del, por sus resultados, peor gobierno del siglo XX. No es necesario listar las cifras económicas y sociales ampliamente conocidas. Aún más, con su desastrosa gestión, abrió un espacio para el ascenso de una política sin instituciones democráticas y al ascenso legítimo del gobierno de la criollada. Su retórica revolucionaria aterrizó en una mezcla de incompetencia y corrupción que aún seguimos pagando. Debemos, no obstante, reconocer que algunas cosas que intentó en materia de lucha contra el terrorismo terminaron madurando en los noventa, a pesar de la narrativa que intenta dejar todo el mérito al fujimorismo.

La sorprendente segunda oportunidad que le brindó el siglo XXI tuvo otra historia. El intento de redención culminó en un giro conservador que no hizo nada por atender las cuestiones pendientes de nuestra República. Embelesado en las cifras del crecimiento económico –y sus efectos inmediatos, por ejemplo, en la reducción de la pobreza monetario–, ignoró las perversas consecuencias que un Estado de Derecho defectuoso trae consigo. En lugar de buscar una integración de nuestra diversidad, la negó, e incluso denigró, con su famosa tesis del “perro del hortelano”. Y en lugar de enfrentar la corrupción –que más que amenguar con la democracia, se potenció con la abundancia de recursos públicos– construyó un gobierno funcional a ella. Nuevamente le falló a la República.

Estos fracasos, estas promesas incumplidas, tuvieron un costo: la desconfianza y el rechazo de la gente. Esto fue evidente cuando en 2016 tuvo la peor derrota política de su vida, superando apenas la valla electoral y quedando en un humillante quinto lugar. La degradación de su fuerza política, de su influencia sobre el país no se detuvo. En la última entrevista que dio, García dejaba ver cómo percibía el inexorable debilitamiento del poder que lo acompañó buena parte de su vida. «Lo terrible de nuestra patria –dijo el expresidente– es que un político que no tiene poder, tiene enemigos ruidosos y amigos silenciosos». La narración de su vida, la que él quería fuera un capítulo memorable de la historia del país, se tornaba en una tragicomedia. Algo que él se negaba a aceptar: «creo tener un pequeño sitio en la historia del Perú».

Nada peor que el juicio de la historia para un político profesional, nada parecía poder revertir ya el otoño que vivía. En 1994, Alan García publicó una novela: El mundo de Maquiavelo. Era una autobiografía –la del golpe de Estado de 1992 y su fuga- novelada, una autoficción. En una escena, también en abril, cuando los militares estaban por atraparlo en su casa, el Alan García de la novela piensa “Esto no está sucediendo, yo ya no soy presidente”. Luego, sube las escaleras y toma dos armas de fuego: “Apretar el mango de las pistolas, le había dado más confianza. Por primera vez sintió cuanta fuerza comunicaban.” La fuerza bruta como sucedáneo del poder.

Habrá tiempo para analizar el legado de Alan García, incluyendo las consecuencias sobre el Apra de su visión personalista de la política, así como su responsabilidad en la enorme desconfianza que siente hoy la gente en la política y en los políticos. Un juicio que irá madurando con el tiempo, pues, como señaló el expresidente en su novela, “en el vértigo de lo ocurrido, todos estaremos obligados a cambiar, y a revisar lo que antes pensábamos”.



Escrito por

Ivan Lanegra

Enseño ciencia política en la PUCP y en la Universidad del Pacífico. Tras 20 años en el Estado, intento escribir con simpleza sobre él.


Publicado en

Ensayos de Estado

Textos breves sobre política, Estado y gestión pública