La justicia climática
Una fábula de la pradera
Imaginen que la atmósfera es una enorme pradera.
Casi nadie la usaba hasta que alguien descubrió la ganadería. Otros, pocos, lo siguieron. Con tanto éxito que fueron aumentando su ganado de forma exponencial. Otros vecinos se le sumaron.
De pronto se dieron cuenta de que el espacio para seguir pastando sin poner en riesgo la pradera era ya muy poco. Si se pasaba ese límite, ya no habría más pasto en el futuro. Y esta forma de vida ya no sería posible. ¿Cómo usar el pasto disponible?
Los ganaderos antiguos -y más grandes- querían seguir usando "su" parte. Algunos ganaderos nuevos -y exitosos- querían crecer tanto como los viejos. Otros, que apenas son pequeños ganaderos, alegaban que sus vecinos ya habían usado mucho del pasto disponible y que debían dejarle espacio a ellos, que aún no se habían beneficiado de la prosperidad que aquellos gozaban.
Algunos pensaron que, quizá, los ganaderos más grandes deberían pagarle a los más pequeños a cambio de que renuncien a reclamar más pasto de la menguante reserva. O compensarlo por tener menos armas para enfrentar la eventual hambruna que la falta de pasto puede generar.
La atmósfera es como esta enorme pradera. Su capacidad para recibir gases de efecto invernadero -sin alterar peligrosamente el clima del planeta- también se acaba. Las reglas que definen cómo distribuir entre los países ese poco espacio de emisiones que queda, y sobre cómo pagar la cuenta de la adaptación a sus efectos negativos -donde los que menos tienen, más vulnerables son-, es lo que se llama "justicia climática".